Podríamos decir que se trata de grandes acuarelas en claroscuro que, por lo tanto, se ocupan especialmente de la gama tonal, de las gradaciones lumínicas, de la estructura básica (abstracta) en que la luz de luces y pantallas se dispersa y cae. El héroe debía atravesar las peripecias, un cambio en el equilibrio original, una situación nueva y desde el desequilibrio debía lograr el reconocimiento: pasar de ignorar a conocer, reconocerse en otras circunstancias, un descubrimiento de una verdad sobre sí mismo o sobre otros. Un “like”, compartir un “Meme”, un whatsapp, son las evidencias más perceptibles e inmediatamente cotidianas de este cambio de paradigma, son parte de una cotidianeidad que ha modificado en mayor o menor medida la forma de percibir nuestra realidad. Pensar estos conceptos, entre muchos otros que se podrían mencionar, implica ampliar las prácticas, los contenidos y las perspectivas de la enseñanza de la lengua y la literatura.

Algunas ideas por definir La enseñanza, de nuestro campo en particular, es un terreno en potencia en cuanto a la incorporación de ciertas concepciones que se encuentran fuera de la cultura escrita: otros lenguajes, otros códigos, otras narrativas. Ver más ideas sobre marmol, textura marmol, texturas. Los cineastas, a ratos, desde cierta autoconciencia y reflexividad, están pensando y produciendo obras que constituyen ideas, a veces más y a veces menos logradas, sobre el problema del sujeto alienado y desorientado, inserto en un mundo que se cierra espacial y emocionalmente sobre él y que parece dejarlo sin aliento. Huacho de Alejandro Fernández, Tony Mañero de Pablo Larraín, Turistas, de Alicia Scherson, El Pejesapo de José Luis Sepúlveda, Ilusiones Ópticas de Cristian Jiménez, La Nana de Sebastián Silva, Mami te amo de Elisa Eliash o La Buena Vida de Andrés Wood -tomando un universo pequeño pero disperso en términos de producción (aunque no tan diseminado en el marco de su recepción) del cine más contemporáneo local estrenado entre 2007 y 2010- son películas que gravitan, con más o menos intensidad y profundidad, sobre una percepción política del Chile contemporáneo, desmarcándose3 en sus distintas aproximaciones del compromiso político de los años ’90, donde el director a través de la imagen, sentía la necesidad de hacerse cargo del pasado brutal y dictatorial, tan problemático en la época de la llegada de la democracia; o, siguiendo en esa línea, de las diversas tendencias del realismo socialista que se promovieron en los cines de los sesenta en Chile.

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Y aunque ésta no sea realmente una renuncia, en tanto una decisión individual y consecuente de no querer saber, se establece una atmósfera; un estado anímico que deviene impotencia (Rabia, de Óscar Cárdenas), derrota y tristeza (La buena vida, de Andrés Wood), alienación y psicopatía (Tony Mañero, de Pablo Larraín), desconcierto e indiferencia (Ilusiones Ópticas, de Cristian Jiménez), perturbación (La Nana, de Sebastián Silva) y distanciamiento (Turistas, de Alicia Scherson). La combinación de singularidades borrosas (tanto por la levedad de las tintas como por la reducción abstracta del acromatismo) y luz homogénea (que diluye la escala de iluminación y transparencia, que apaga las intensidades) tiene por objeto producir una imagen atenuada, una imagen que se borra, podríamos decir, que apenas muestre su singularidad como una bruma, porque “lo que debe ser mostrado es aquello que, fundamentalmente, resiste, pero no de forma conservadora, sino provocativa”.38 En su escenificación y en relación con el resto de los componentes conforma la propuesta artística como estas suspensiones de partículas de agua, levemente tintadas, adquieren su condición de imágenes; es entonces cuando tienen algo que decir. Lo que ya expresa una cierta violencia de las estampas del mundo-pantallas, a las que se presenta aquí como impresiones abstractas tensadas longitudinalmente (en su apropiación espacial) y reducidas cromáticamente (en sus cualidades sensibles).

Visualidades capturadas por los enunciados y estos por aquellas, especialmente cuando mirar y leer se encuentran emborronados, diluidos, y en su combinación aparece latente la violencia del mundo cuyo espacio visual saturado (formado de apuntes, llamadas, fórmulas y estampas en constante emborronamiento) y su escritura constreñida y apremiante (también enturbiada entre el significado y su falta) han desmoronado los parámetros de comprensión del mundo. Su objeto principal no es mostrarse a sí mismas, aunque sin duda lo hacen (a pesar suyo, diríamos), sino que, como aquellas estampas informatizadas a las que se refieren, están aquí para excitar la mirada y alimentar la obesidad verbalizadora, pero si allí tienen una función bulímica, aquí, por el contrario, reclaman la interrupción, la contemplación, la reflexión. Analizar profundamente un meme (parte de la cultura digital) por ejemplo, implica investigar las palabras utilizadas específicamente, su estructura, sus mecanismos semióticos y semánticos en juego constantemente con la imagen. La cultura digital es una lógica, un paradigma desde el cual comprendemos el mundo; y este mundo ha dejado de ser analógico en gran parte. Lo multimodal, en el plano más general, nos ha llevado a pensar otros objetos de lectura que quizá antes no considerábamos parte de una clase, pero también nos ha llevado a replantearnos qué es la literatura, qué es el autor, entre otras cosas.

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En este sentido se vuelven interesantes estos conceptos digitales, tomados de otro campo, que podrían generar caos en las formas más tradiciones de la enseñanza de la lengua y la literatura, pero no dejan de ser una oportunidad de reconocer y dar existencia a otra manera de ver las cosas, de enseñar. Pero al contrario de aquella incitación a la actividad compulsiva sin retorno, en este caso la concurrencia de sucesión y simultaneidad se modula por las dimensiones, los intervalos y el pliegue de la cadena de pinturas (producido por la circulación del espectador) acentuadas o subrayadas por impresiones digitales, lo que incita a nuevas lecturas intermitentes y vacilantes. Multimodalidad: una comprensión de lo multimodal debe llevarnos a pensar que no solo hablaremos de unos lenguajes puramente digitales, que un libro puede ser multimodal entendiendo que el tipo de letra, el color, la estética, el tipo de papel, la ilustración, intervienen en la lectura (Jewit, 2016) (Certeau, 1996). La Materialidad del libro se nos presenta como un objeto multimodal donde convergen diversos lenguajes (Bombini, 2015). Para abordar este concepto debemos intuir una trama heterogénea, híbrida, donde convergen y coexisten una pintura, una foto, un video, la gráfica, la música y la escritura siendo parte de un mismo objeto.